Serendipitous Sojourn

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NOTE:
This is the translation; the original article was written in Spanish by N. Garcia Diaz
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In September 2022, I don't remember the exact date, on a trip I took to Hungary I was lucky enough to meet Ritueli, a young sociology student. Ritueli was pursuing his doctorate at the University of Budapest, exploring the complexities of social dynamics. A guy committed to social change and a deep understanding of human complexities.

That day we met in the elegant lobby of the hotel, which had three comfortable armchairs upholstered in neutral tones, strategically located next to an impeccable marble table. The soft lighting highlighted the cozy atmosphere, creating an ideal space to relax and enjoy moments of reading or conversation. When I arrived Ritueli occupied one of them, a girl, who I assumed was his partner, occupied the second and I occupied the third.


The boy was immersed in reading a book, the girl, absorbed in her cell phone, exchanged furtive smiles with him; two cups of coffee rest on the table. After a few minutes waiting for someone to come and ask me if I wanted something to drink, I left the book on the table and went to order a beer.

When I returned to my sofa I noticed that Ritueli was looking at me with a knowing smile... He had noticed a curious coincidence. We were both reading works by the same author: Loïc Wacquant. I explored the pages of “The Two Faces of a Ghetto,” while he immersed himself in the depth of an anthropological analysis titled: “Trois propositions pour une anthropologie historique du néoliberalisme réel.” And although we read different books, the literary connection sparked a mutual curiosity.

We share impressions about the works of Loïc Wacquant, we explore the nuances of sociology and anthropology that he reflected in his writings. The conversation expanded beyond the pages, revealing shared visions about society and the human condition. The girl decided to abandon us and let us continue exploring the world... Between deep conversations and spontaneous laughter, we built a bond that was not only nourished by literature, but also by shared experiences.

Five or six hours later, with several beers on the table, and after having exchanged contact, we said goodbye in the same place where we had met.

I had almost forgotten that episode when on Thursday night, while I was checking the messages and browsing the WhatsApp statuses, one of the statuses caught my attention. Ritueli, who had not said it before, but who is Indonesian, published a photo in Nusa Penida, an island to which he planned to travel on Saturday. I greeted him and told him my travel plans but got no response.


On Friday morning, at 08:00 I received a call from an unknown number, no idea why I picked up the phone... (I don't usually do it). It was Ritueli. He was in Jakarta. Although he had published the photo the day before, it was from the previous weekend.

After just five minutes of conversation, Ritueli asked me for a brief telephone break, promising to call me again. Two hours later, surprise flooded my phone: he was boarding a plane to Bali. He purchased the ferry tickets that would take us to Nusa Penida, booked a cozy bungalow and a motorbike to explore the island. At 15:00 we meet in Sanur, the departure port to Nusa Penida.

The weekend became a limitless exploration: impressive cliffs, the beauty of rugged landscapes, dazzling beaches with crystal-clear waters, cultural encounters, magical sunsets and the very essence of freedom. All accompanied by a fascinating conversation.

Our inquiring minds intertwined. The words, like dancers, danced between themes that embraced sociology, anthropology, philosophy, education and creativity. Each question generated an exchange of ideas that challenged conventional perception, creating a dialogue where curiosity was the protagonist. Between sips of beers and mango smoothies, a symphony of deep thoughts was woven. Mutual respect was reflected in the way we listened attentively to each other. That conversation not only nourished our minds, but also left the mark of an encounter where the intellectual connection became a unique bond.


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This is the original version
by N. Garcia Diaz
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En septiembre del 2022, no recuerdo la fecha exacta, en un viaje que hice a Hungría tuve la suerte de conocer a Ritueli, un joven estudiante de sociología. Ritueli estaba cursando su doctorado en la Universidad de Budapest, explorando las complejidades de las dinámicas sociales. Un tipo comprometido con el cambio social y la comprensión profunda de las complejidades humanas.


Ese día coincidimos en el elegante hall del hotel, que contaba con tres cómodos sillones tapizados en tonos neutros, estratégicamente ubicados junto a una mesa de mármol impecable. La iluminación tenue resaltaba la atmósfera acogedora, creando un espacio ideal para relajarse y disfrutar de momentos de lectura o de conversación. Cuando llegué Ritueli ocupaba uno de ellos, una chica, que supuse era su pareja, ocupaba el segundo y el tercero lo ocupé yo.

El chico se sumergía en la lectura de un libro, la chica, absorta en su móvil, intercambiaba sonrisas furtivas con él; dos tazas de café reposan sobre la mesa. Yo, después de unos minutos esperando que viviera alguien a preguntarme si quería tomar algo, dejé el libro encima de la mesa y me fui a pedir una cerveza. 

Al regresar a mi sofá noté que Riuteli me miraba con una sonrisa cómplice… Se había percatado de una curiosa coincidencia. Ambos estábamos leyendo obras del mismo autor: Loïc Wacquant. Yo exploraba las páginas de “Las dos caras de un gueto”, mientras él se sumía en la profundidad de un análisis antropológico titulado: “Trois propositions pour une anthropologie historique du néolibéralisme réel”. Y aunque leíamos diferentes libros, la conexión literaria desató una curiosidad mutua.


Compartimos impresiones sobre las obras de Loïc Wacquant, exploramos los matices de la sociología y la antropología que plasmaba en sus escritos. La conversación se expandió más allá de las páginas, revelando visiones compartidas sobre la sociedad y la condición humana. La muchacha, decidió abandonarnos y dejar que siguiéramos desgranando el mundo… Entre charlas profundas y risas espontáneas, construimos un lazo que no solo se nutría de la literatura, sino también de experiencias compartidas.

Cinco o seis horas más tarde, con varias cervezas sobre la mesa, y después de haber intercambiado el contacto nos despedimos en el mismo lugar en el que nos habíamos conocido.

Yo tenía casi olvidado ese episodio cuando el jueves por la noche, mientras revisaba los mensajes y curioseaba los estados de WhatsApp, uno de los estados capturó mi atención. Ritueli, que no lo había dicho antes, pero que es Indonesio, publicaba una foto en Nusa Penida, una isla a la que tenía previsto viajar el sábado. Le saludé y le comenté mis planes de viaje pero no obtuve respuesta.


El viernes por la mañana, a las 08:00 recibí una llamada de un número desconocido, ni idea de porqué descolgué el teléfono… (No suelo hacerlo). Era Ritueli. Estaba en Yakarta. La foto aunque la había publicado el día de antes, era del fin de semana anterior. 

Tras apenas cinco minutos de conversación, Ritueli me solicitó un breve receso telefónico, prometiendo volver a llamarme. Dos horas más tarde, la sorpresa inundó mi teléfono: él estaba abordando un avión hacia Bali. Adquirió los boletos del ferry que nos llevarían a Nusa Penida, reservó un acogedor bungaló y una moto para explorar la isla. A las 15:00 nos encontramos en Sanur, el puerto de partida hacia Nusa Penida.

El fin de semana se convirtió en una exploración sin límites: acantilados impresionantes, la belleza de paisajes escarpados, playas deslumbrantes de aguas cristalinas, encuentros culturales, atardeceres mágicos y la esencia misma de la libertad. Todo acompañado de una conversación fascinante. 


Nuestras mentes inquisitivas se entrelazaron. Las palabras, como bailarinas, danzaban entre temas que abrazaban la sociología, la antropología, la filosofía, la educación y la creatividad. Cada pregunta generaba un intercambio de ideas que desafiaba la percepción convencional, creando un diálogo donde la curiosidad era la protagonista. Entre sorbos de cervezas y batidos de mango, se fue tejiendo una sinfonía de pensamientos profundos. El respeto mutuo se reflejaba en la forma en que nos escuchábamos con atención. Aquella conversación no solo nutría nuestras mentes, sino que también dejaba la huella de un encuentro dxonde la conexión intelectual se volvía un vínculo único.

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